Marrakech

No nos entendimos una sola palabra. Nos hablamos con la mirada, con risas y una curiosidad encerrada en timidez. Se burló de mi intento de árabe y el español no hizo diferencia.

Me cambió, la verdad ni siquiera lo puedo explicar. Es como de esas cosas que pasan, que uno no se espera y al final uno siente que fue como un tren que le pasó por encima. El tren de la vida, el trago amargo.

Ella era todo y tenía todo exagerado de la manera más simple. Fuerte, valiente, inocente, madura, capaz, tímida y sobre todo real. Mi propio choque cultural en una muñeca que no tiene idea de lo que hay más allá. En 3 años probablemente se case y cuide niños y sirva a su esposo por el resto de su vida; ¿y a quien le importa?

 

 

A mí.

Me marcó la vida. Y en cierto grado me gustaría pensar que yo también marqué la de ella. En escasos 10 minutos me mostró su pasado, presente y futuro; y no supe qué hacer.

Afortunadamente la cámara le hizo gracia y no tuvo miedo como los demás y la encaró valiente. Me senté a la par de ella y chocamos la mano, sello de amistad eterna y me fui.

Y es que aunque no la vuelva a ver nunca más, ella está en mí.