The perks of coming back

Hoy hace un año (¡UN AÑO!) volví a Costa Rica. Llegué con demasiado susto, nostalgia, emoción, mucha paz pero al mismo tiempo ansiedad; todo un batido de emociones. Durante este año me han pasado muchísimas cosas, buenas y no tan buenas, cambios gigantes y como siempre, gente linda. Pero igual, después de 12 meses puedo sacar las conclusiones del temido concepto de ‘’regresar’’ después de ser un viajero. 

Y sobre todo: regresar para un tico promedio.

1. No recordar nombres y caer mal.

Nunca fui de las personas que vivieron 15 días fuera y ya se les pegó otro acento. Aceptémoslo, eso no pasa y si te pasa es que tenés una pizca de perdedor. Al contrario, lo que si me pasó es que reforcé 300 veces mi voceo y me cuesta un mundo no hablarle de vos a gente que no conozco. #perks 

Lo que sí pasa es que se confunden los nombres de los lugares y se olvidan otros. Avenida Escazú para mí era Avenida de América (mi estación de metro más usada los últimos meses) y por mucho tiempo. Y caemos mal, pero bueno en fin, mi memoria tampoco ha sido mi rasgo más destacado.

2. Volver a manejar:

Dios mío. En la jungla de las carreteras ticas, manejar es básico, y créanme que luego de no manejar por año y medio hasta las posiciones de los pedales se olvidan. Me pasaron varios chascos como un día que pensé que me había quedado sin frenos o sin batería y era que… no lo había encendido.

Pero hubo un día que fue ubicatex intravenoso. Esa primera semana en pleno San José iba manejando y por un lado me gritaron ‘’¡Vieja estúpida!’’ y por el otro ‘’¡Rica mi amor!’’

Y yo: Ah sí, ya llegué a Costa Rica.

Amor infinito al metro a la 1 de la mañana viajeros, ya verán.

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3. Cocinar y la comida

No puedo decir tampoco que comía 100% español y que había dejado a la Salsa Lizano en el olvido. ¡Jamás! Mi mamá me pasaba contrabandeando hasta confites por correo y una vez tuve sobrepeso en mi maleta porque me negué rotundamente a sacar un paquete de dos kilos de frijoles Ducal.

Dos. Kilos. #forevercampesina

Pero cocinar ya no es igual. He intentado unas 40 veces hacer mi receta más icónica de Madrid y nunca he quedado satisfecha. El sabor no es igual, los ingredientes no son los mismos, digamos las cosas claras: aquí no hay Carrefour. ¡Cómo extraño hacer súper! El tiempo más relax, el tiempo conmigo misma lo encontraba casual en el pasillo número 2 guindada a mi carrito.

4. Los fines de semana

Yo sé, yo sé que el que busca encuentra y ahora pues si hay muchas cosas qué hacer en todas partes. Pero era más sencillo ir una tarde al Retiro, o caminar en Sol o antojarse de una blusa en La Gran Vía. Sin tener que sacar el carro, sin pagar parqueo, sin que tenga que ser una actividad especial, sin que tenga que ir acompañada o con los aretes en el bolsillo porque me los roban. Que salir sea diferente a ir a comer o ir al cine. No quiero ser malagradecida, es sólo que era diferente porque… ya viví lo diferente, ¿me entienden?

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 5. Las maletas en el closet.

Esta es probablemente la que más me duele. Así es.

Ya definitivamente no viajo como antes. Ya no conozco un país por mes, ya no tengo las maletas a la entrada de la puerta del cuarto. De hecho, ¡ahora están encima del closet! Inalcanzable y llenas de pedacillos de esperanza y rastros de lo que fue mi vida en un avión. Cuando las veo hasta me quieren responder: ¿Y vos qué me ves? Si la que no tiene vacaciones sos vos, ¡y mucho menos plata!

Terrible. Y lo peor de todo es que tienen razón.

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Pero en fin. Volví por las razones que tengo, que todavía las mantengo y no es el fin del mundo. Volvemos diferentes, eso es claro. No vemos las cosas de la misma manera luego de ver el mundo, ciertas cosas no tienen el mismo peso como antes y otras tienen todo el peso del mundo. Ya no me importa lo que piense la gente y hago las cosas que me hacen feliz.
Porque feliz es lo que vale la pena estar… en cualquier parte del mundo.

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